Cuando el viento molía el pan de La Mancha
Patrimonio vivo de Castilla-La Mancha
Durante casi cuatro siglos, gigantes de piedra y madera convirtieron el aire de la llanura manchega en harina. Te invitamos a subir a su interior, pieza por pieza, y a conocer a Gaspar, el molino que levantamos en Pago de La Jaraba para no perder esa memoria.
Molino Gaspar, Septiembre 2014
De Persia a los cerros manchegos
01 — Origen y camino hasta La Mancha
Siglo VII
Los primeros molinos, en Oriente Próximo
Los primeros ingenios eólicos documentados aparecen en Persia (actual Irán), con eje vertical y aspas que giraban dentro de un recinto con aberturas al viento. Un sistema sencillo, pero poco eficiente, porque las aspas solo recibían el empuje del aire durante una parte de su giro.
Siglos XII–XIII
El salto a Europa y el giro al eje horizontal
La tecnología llega a Europa, probablemente a través de las rutas comerciales y de las cruzadas. En el norte de Europa —donde escaseaban los ríos con caudal suficiente para mover molinos hidráulicos— se perfecciona el molino de eje horizontal: más eficiente, porque el viento empuja las aspas de forma continua y aprovecha también la fuerza de sustentación, no solo el simple empuje.
Primera mitad del siglo XIV
Primera mitad del siglo XIV
La referencia documental más antigua que se conserva sobre molinos de viento en la región natural de La Mancha corresponde al territorio del antiguo Señorío de Villena, en un privilegio otorgado por el infante don Juan Manuel.
1540–1550
Campo de Criptana, Mota del Cuervo y el gran despegue
Los litigios comerciales de los banqueros alemanes Fugger, resueltos ante la Audiencia de Granada en 1548-1549, permiten datar con precisión la expansión de los molinos: ya existían en Campo de Criptana, Socuéllamos, Belmonte y Alcázar de San Juan. Los tres primeros molinos de Criptana se levantaron en 1545, y Mota del Cuervo estrenó el suyo ese mismo año. En 1752, el Catastro de Ensenada llegó a censar 34 molinos solo en Campo de Criptana.
1605
Cervantes convierte los molinos en leyenda
En el capítulo VIII de la primera parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Cervantes narra el episodio en que don Quijote confunde los molinos con gigantes de brazos larguísimos y embiste contra ellos. Se cree que el escritor pudo inspirarse en los cerros molineros de Campo de Criptana o de Consuegra durante sus viajes por la meseta. Ese pasaje convirtió al molino manchego en un símbolo literario universal, y esa fama, con el tiempo, ayudó a que muchos de ellos sobrevivieran cuando ya no molían grano.
Siglo XIX
El apogeo y el principio del declive
El número de molinos harineros no dejó de crecer en toda La Mancha hasta el último cuarto del siglo XIX. Entonces, la caída del precio del cereal —favorecida por la irrupción del vino francés tras la filoxera, que disparó la demanda de mosto español— impulsó la sustitución masiva del cereal por la viña. A la vez, la máquina de vapor y después la electricidad ofrecían una molienda más barata y constante.
1930–1950
El apagón definitivo
Las nuevas fábricas de harina, movidas primero con carbón y después con electricidad, dieron el golpe final a los molinos tradicionales. En Campo de Criptana algunos siguieron moliendo, sobre todo harina de almortas y pienso para el ganado, hasta bien entrados los años cincuenta del siglo XX. Hoy se conservan diez, tres de ellos —Infanto, Burleta y Sardinero— con la estructura original del siglo XVI.
2014
Gaspar despierta en Pago de La Jaraba
Casi cinco siglos después de aquellos primeros molinos manchegos, en Pago de La Jaraba decidimos levantar el nuestro: un molino de viento construido siguiendo la técnica y las proporciones tradicionales, para que nuestros visitantes puedan tocar con las manos una parte esencial de la historia de Castilla-La Mancha. Lo conocerás con detalle al final de esta página.
El mecanismo, pieza a pieza
02 — Por dentro
De la espiga al costal, paso a paso
03 — El oficio del molinero
1. leer el viento
Los doce ventanillos
En lo alto del moledero se abren doce pequeños ventanillos, cada uno orientado hacia uno de los doce vientos habituales de la zona: Cierzo, Matacabras, Solano Alto, Solano Fijo, Solano Hondo, Mediodía, Ábrego Hondo, Ábrego Fijo, Ábrego Alto, Toledano y otros según la comarca. El molinero se asomaba a ellos hasta descubrir por cuál entraba más aire, y ese era el rumbo al que debía mirar el molino.
2. Orientar el molino
El borriquillo y el palo de gobierno
Toda la caperuza —el cono superior, con el eje, las aspas y la rueda catalina— no está fijada al edificio: simplemente reposa sobre él y puede girar. Para moverla, el molinero enganchaba una cadena entre el palo de gobierno (un mástil de unos 15 m que cuelga de la caperuza) y un pequeño torno llamado borriquillo, anclado a una de las diez o doce piedras —hitos de amarre— repartidas alrededor del molino. Girando la manivela del borriquillo, la caperuza entera pivotaba hasta enfrentar las aspas al viento.
3. Izar las velas
Las velas, solo cuando tocaba moler
El enrejado de madera de las aspas se cubría con lonas —las velas— únicamente cuando había trabajo. Desplegarlas exponía mucha más superficie al viento que la madera desnuda; recogerlas las protegía de romperse en los días de viento fuerte o cuando el molino descansaba. Izarlas era, además, el momento en que se decidía cuánta tela exponer según la fuerza del viento de la jornada.
4. Moler el grano
De la rueda catalina a la piedra volandera
El giro de las aspas mueve el eje horizontal, que arrastra la rueda catalina (40 dientes, casi 2,7 m de diámetro). Esta engrana con la linterna, una pieza de 8 husillos que traslada el movimiento al plano vertical y hace girar la piedra volandera sobre la piedra solera, que permanece quieta. El grano cae por la tolva hasta el centro de las piedras y sale convertido en harina por los bordes, listo para bajar por el canalón hacia las plantas inferiores.
5. Ajustar la harina
El alivio, el control de calidad manual
Cuanto más cerca están la piedra volandera y la solera, más fina sale la harina; cuanto más viento sopla, más rápido gira la volandera y más gruesa tiende a salir. Para compensarlo, el molinero tiraba de una cadena —el alivio— que llegaba hasta la planta baja y que acercaba o alejaba las piedras a voluntad, ajustando el grosor final según el tipo de grano y la harina que se necesitara.

Curiosidades del molino manchego
05 — Detalles que sorprenden
El molinero no cobraba en dinero, sino en especie: se quedaba con una parte del propio grano que el agricultor llevaba a moler, llamada «maquila», habitualmente en torno a un celemín por fanega molida (aproximadamente un 7 % del total). Era, en la práctica, el primer sistema de pago «en producto» del campo manchego.
El sentido de giro no responde a ninguna norma: depende de cómo se monten las aspas en el eje. Si el borde izquierdo del aspa queda más adelantado, el molino gira en sentido contrario a las agujas del reloj (como los de Campo de Criptana); si es el borde derecho el adelantado, gira en sentido horario (como los de Mota del Cuervo). Para el trabajo de molienda, el sentido es indiferente.
Según qué parte del edificio gira para orientarse al viento, se distinguen tres familias: el molino «torre» (el manchego), donde solo gira la caperuza superior; el molino «poste», en el que gira el edificio entero sobre un pie central, típico de Europa central; y el molino «pedestal», en el que gira casi todo menos la planta baja, donde están las piedras.
La única puerta del molino se orientaba tradicionalmente hacia el mediodía (sur), por dos razones prácticas: evitar los vientos y fríos del norte, y reducir el riesgo de que las aspas, al girar, pasaran demasiado cerca de la entrada en la dirección de la que rara vez soplaba viento con fuerza suficiente para moler.
Como los barcos, los molinos manchegos se bautizaban. En Campo de Criptana se conservan el Infanto, el Burleta («burlapobres», quizá por sospechas de picaresca del molinero), el Sardinero, el Lagarto o el Culebro. En Consuegra, muchos llevan nombres tomados directamente del Quijote: Sancho, Mambrino, Rucio, Clavileño, Bolero o Espartero. Esa tradición de dar nombre propio a cada molino es la que seguimos en Pago de La Jaraba al llamar «Gaspar» al nuestro.
Eje, rueda catalina, linterna, palo de gobierno… prácticamente toda la maquinaria interior estaba hecha de madera, a menudo pino de Cuenca para las piezas de mayor esfuerzo y álamo negro o encina para las de precisión y rozamiento. Las únicas piezas de piedra eran, precisamente, las dos ruedas de moler.
La Mancha es una llanura cerealista con muy pocos ríos de caudal permanente, la fuente de energía alternativa habitual en otras regiones para mover molinos hidráulicos. El viento, abundante y constante en sus páramos elevados, se convirtió así en el recurso natural que permitió transformar trigo, cebada y almortas en harina a gran escala.

